Turquía y su economía: una mirada hacia el pasado, presente y futuro

Turquía y su economía: una mirada hacia el pasado, presente y futuro

27/06/2013 | FxM – Evan Brock Gray

Con todas las protestas que han tenido lugar en Turquía durante las últimas semanas, suele ser buena idea en tiempos difíciles volver a mirar al tema, investigar sus causas y llegar a unas conclusiones concretas sobre qué está pasando para adentrarse en el “por qué” y el “ahora qué” en el caso de Turquía.

Después de la caída del imperio otomano en los años 20 y la Guerra de Independencia turca (en la cual las fuerzas aliadas de la 2ª Guerra Mundial acabaron derrotadas), la nueva República de Turquía comenzó una época llamada “Kamelismo” durante la cual surgieron muchas reformas económicas, políticas y sociales bajo la tutela del querido líder nacionalista Mustafa Kemal Atatürk. “El padre de todos los turcos” se mantuvo en el poder como presidente hasta 1938 y aprobó leyes para consolidar la soberanía turca, deshacerse de las antiguas ataduras del Islam en el gobierno, crear el Banco Central de Turquía y establecer derechos para las minorías como, por ejemplo, el sufragio universal. Creó las simbólicas “seis flechas”, representando así los principios fundamentales que han dado forma a la Turquía que conocemos hoy en día: el republicanismo, el nacionalismo, el populismo, el secularismo, el estatismo y, por último, el reformismo/revolucionismo.

El desempeño económico de Turquía en las últimas décadas impresiona pero ha sido volátil. Aunque ha entrado y salido de varias recesiones desde los años 80, por lo general las tasas de crecimiento del PIB (desde el año 2000) han superado el 5% de media (Banco Mundial), incluso hasta el 9,4%, salvo en 2001 cuando el gobierno tuvo que pedir un rescate del FMI y en 2009 por la crisis financiera. Su tasa de desempleo se mantenía por encima del 10% durante la década de los 2000, lo cual no es inusual en las economías en vías de desarrollo, y ha disminuido últimamente. Su economía de hoy es vibrante y productiva y muestra un equilibrio entre la industria, los sectores de servicios y la agricultura. Las medidas de privatización en los sectores industriales, bancarios, de transporte y de las telecomunicaciones durante los últimos 10 años encajan bastante bien con una clase-media en auge y con su naturaleza emprendedora. Por supuesto, sus propias fuentes de energía y recursos naturales y su ubicación geoestratégica le aportan una ventaja competitiva comercial a Turquía frente a Europa.

No obstante, parece que el modelo de crecimiento milagroso de Turquía está a punto de aventurase en aguas oscuras; el apalancamiento de la deuda nacional se ha convertido en maldición tanto para algunos países como algunas empresas. Lleva 10 años con un déficit de miles de millones de dólares en su balanza por cuenta corriente. La deuda privada de corto plazo puede superar los 200 mil millones de dólares este año, lo que supondría la cuarta parte de su economía. El déficit presupuestario aumentó en 2012 y desde 2008 el país gasta más de lo que recauda. Turquía debe estar precavida por las consecuencias de sus deudas y por lo que recientemente pasó a Grecia, Irlanda y España en que este tipo de gasto deficitario llevó a estas tres economías al borde del desastre una vez que sus respectivas burbujas inmobiliarias explotaron y la recaudación de impuestos se redujo.

El centenario de la República, junto con la posibilidad de ser anfitrión de los Juegos Olímpicos de 2020, dan razones al gobierno del primer ministro Recep Tayyip Erdogan para comenzar su enorme proyecto de inversión pública de unos 400 mil millones de dólares. Esto presenta una oportunidad de modernizar las infraestructuras y de crear empleo pero, por la falta de margen presupuestario, lo más probable es que se haga cargo de las facturas con nuevos préstamos, continuando así el “ciclo vicioso de deuda”.

Las manifestaciones que han tenido lugar estas semanas en la plaza Taksim empezaron gracias a una propuesta del gobierno de construir un centro comercial y pisos de lujo encima de lo que es el parque de la plaza. Es evidente que este tipo de cambio urbano no estaba en la agenda de la juventud turca, cada vez más activa en la política de su país. El gobierno de Erdogan ha impuesto algunas restricciones que no han sentado bien a los jóvenes (y tampoco a otros ciudadanos ) como, por ejem
plo, las prohibiciones sobre la venta de alcohol o su apariencia en la televisión. Pero más alarmante fue la censura gubernamental de Internet y la vigilancia de las redes sociales. Eso o tener que ver a tu primer ministro salir en la tele (ya con una audiencia internacional) y pedir a los padres de los manifestantes: “por favor, que recojan sus hijos e hijas por la mano y llevarles a casa”, como si los manifestantes fueron pequeños niños gamberros. Si lo piensas, ¿cómo te sentaría si tu presidente hablara sobre ti de esa manera?

Las fuerzas de seguridad y la policía no trataron a los manifestantes como niños cuando usaron gases lacrimógenos, detuvieron a cientos de manifestantes pacifistas y les tacharon de “terroristas” si se osaban a volver a la plaza (y, sí, volvieron). Estos métodos difieren de los que han empleado otros líderes políticos en situaciones parecidas. El presiente español Mariano Rajoy no dialogó con los representantes de los manifestantes y se quedó fuera de la vista pública durante las ya famosas protestas de mayo de 2011. La presidenta brasileña, con su propio pasado con disidente política, Dilma Rousseff, ha calificado de “legítimas y apropiadas en una democracia” las protestas que han sacudido a su país, llegando incluso a frenar las reformas que se iban a implantar y a ofrecer cambios constitucionales para resolver los problemas.

La idea del “secularismo” turco se ha puesto en duda por la percepción de que Erdogan empieza a dar cobijo al puritanismo islámico al estilo “siglo XXI”. Quizá les conviene a los muchos árabes ya presentes en Turquía – los saudís y los qatarís tienen intereses tanto en los proyectos de construcción como en el propio partido político de Erdogan. Sin embargo, en el este de Turquía hay resentimiento hacia la “mala fama” que ha ganado la región gracias, sobre todo, a países como Irán y Siria (que se confunden a menudo y fácilmente con el resto de los países árabes por ser todos lo mismo) y también a causa de los más de 400.000 refugiados sirios que han pasado la frontera turca creando mucha tensión social.

Las protestas, y las medidas violentas empleadas por la policía para desalojar a los manifestantes, han causado caos en los mercados turcos; su índice bursátil más importante, el XU100, cayó más del 20% en las primeras dos semanas. Las consecuencias de esta inestabilidad espantarán a la inversión extranjera, justo en un momento tan clave para Turquía como ahora, y significarán menos ingresos y más préstamos. Pero, por otro lado, una moneda más débil que el dólar estadounidense y el euro atraerá algunas oportunidades para exportar, más estabilidad política que sus vecinos al este, provocará que su propio banco central cuente con grandes reservas de emergencia y, sobre todo, el hecho de que (casi) siempre puede salir de los malos baches económicos son todas las razones para creer que, al fin y al cabo, Turquía sobrevivirá para luchar otro día.

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