Una guerra a la obesidad es un ataque contra nuestra libertad

Una guerra a la obesidad es un ataque contra nuestra libertad

08/03/2014 | Christopher Caldwell – Financial Times Español

Hay un destello de esperanza para los países gordos del mundo – para México, que recientemente ha desbancado a los EE. UU. como el pueblo con más sobrepeso del continente americano, y para Gran Bretaña y Hungría, que luchan por el título europeo de la nación más obesa. Un nuevo estudio publicado en el Journal of the American Medical Association (JAMA) muestra una marcada diminución en la tasa de obesidad de los infantes estadounidenses. Hace una década una séptima parte (el 14 por ciento) de los niños entre dos y cinco años tenían un índice muy alto de masa corporal, mientras que solo la doceava parte (el 8 por ciento) alcanzaba ese índice la última vez que se midió en 2011-12. De alguna manera este estudio ha sido sobre explotado. Los autores del JAMA resaltan, sobre todo, que NO habían encontrado “cambios significativos en la prevalencia de la obesidad”. Pero estas buenas noticias sobre los niños entre dos y cinco años han desatado una pelea entre nutricionistas y promotores del fitness sobre quién merece el crédito. ¿Quién se lo merece?

Michelle Obama, la esposa del presidente de los EE. UU., se alista a reclamar parte del mérito. Ella es la cara gubernamental de la campaña contra la obesidad infantil. En un informe de prensa emitido, después del estudio JAMA, por los Centros para el Control y Prevención de las Enfermedades, la primera dama dijo estar “sorprendida por el progreso que hemos alcanzado en los últimos años”. Pero este progreso venía de antes de la Sra. Obama. La mayor parte del periodo que abarca el estudio JAMA cae bajo la presidencia de George W. Bush. El programa “Let’s Move” encabezado por la Sra. Obama se inició apenas en 2010. Aunque ella ha promovido asiduamente nuevos y saludables menús escolares que han sido ordenados por el Congreso y los reguladores, los menús en sí han fracasado. Sobrantes de carne, pasta mal cocinada… Un informe gubernamental emitido en julio eufemísticamente decía que las escuelas han “experimentado varios retos relacionados con la aceptación de ciertos alimentos por parte de los estudiantes”.

Desde los años 1980s los expertos en salud pública han estado diagnosticando una “epidemia de obesidad”. El informe JAMA no informa que haya disminuido, sin embargo en algunas regiones hay señales promisorias. Los programas federales de nutrición para los pobres ahora incluyen más fruta, yogures y otros alimentos saludables. La lactancia materna, que está correlacionada con una niñez sana, se ha incrementado. Pero mucho acerca de la nutrición y el bienestar físico continúa siendo un misterio. Algunos estudios muestran que los que beben leche entera son menos obesos que quienes beben leche baja en grasa. También parece haber un componente genético en la obesidad. Y nuestro conocimiento de cómo diseñar incentivos saludables es bastante primitivo. Un “impuesto a la grasa” implementado en Dinamarca para combatir la gula tuvo efectos contraproducentes cuando se implementó en 2001, y fue eliminado.

La sociedad estadounidense presenta retos especiales. La comida rápida es (como mucha de la cultura de los EE. UU.) barata, atractiva y adictiva. Es tradición de los minoristas estadounidenses utilizar como gancho el dar a los compradores productos que no necesitan a muy buen precio. Muchos consumidores imaginan que la parte de la empresa con la que interactúan – el producto – es todo lo que hay. Ignoran la renta, el transporte, el personal, el inventario, la publicidad, etc. Así que la oferta del doble de comida por solo un 50 por ciento de más dinero les parece a muchos compradores un chollo, aún si la porción extra solo aumenta en un 10 por ciento el coste al propietario del restaurante o del minorista. El incentivo para “hacer tamaño súper” porciones de comida o bebida es enorme, y está incluido.

Pero esos incentivos siempre han existido. Dos nuevos desarrollos los han hecho más engordantes. Uno es la casi prohibición de un potente y popular supresor del apetito: la nicotina. Si se es un fumador que se salta el desayuno y solo come el almuerzo y la cena se es menos proclive a engordar, aun si no hay nada más que cerveza, filetes y helado en el refrigerador. Otro factor es que ahora las mujeres están más tiempo en el trabajo, en lugar de supervisar la comida de la familia. Los niños toman más decisiones sobre su nutrición, guiados en parte por empresas que quieren sacar provecho de ellos.

Eso puede explicar el crecimiento de la tolerancia en los EE.UU., para la creciente regulación relacionada con la obesidad. Ahora un grupo de doctores canadienses pide, en el American Journal of Public Health, un impuesto a la comida chatarra sobre la base de que “Los costes derivados de la obesidad de los individuos por su poca conciencia al elegir sus alimentos son pagados por la sociedad entera a través de los impuestos, pérdida de productividad y sobrecarga del sistema sanitario”. Por supuesto, se puede decir lo mismo de casi cualquier tipo de decisión errónea, pero a los estadounidenses parece no importarles. En el año 2000 un juez de Nuevo México ordenó retirar a Anamarie Martínez-Regino de casa de sus padres debido a que había alcanzado sobrepeso. La orden sorprendió y causó revuelo en los estadounidenses. Pero la política cultural ha cambiado. El anterior alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, y otros políticos incluso han logrado ser reelectos combatiendo las grasas trans y buscando prohibir las bebidas gaseosas extra grandes.

El objetivo es hacer que la gente se vea y sienta mejor mientras que se les resta autonomía. “Nunca se es demasiado rico o demasiado delgado”, según reza el dicho de Hollywood. Pero sí puedes ser demasiado gordo, y también, aparentemente, demasiado libre.

A war on obesity that is an assault on our liberty

03/08/2014 | Christopher Caldwell – Financial Times English

There is a glimmer of hope for the fat countries of the world – for Mexico, which has recently outstripped the US as the most overweight population in the Americas, and for Britain and Hungary, which vie for the title of Europe’s most obese nation. A new study in the Journal of the American Medical Association shows a steep drop in obesity among US toddlers. While a seventh (14 per cent) of children aged two to five had a very high body mass index a decade ago, only a 12th (8 per cent) did the last time they were measured in 2011-12. The study has been somewhat oversold. The JAMA authors stressed that they had found, overall, “no significant changes in obesity prevalence”. But the good news among the two-to-fivers has left nutrition and fitness advocates fighting over the credit. Who deserves it?

Michelle Obama, the US president’s wife, is ready to claim her share. She is the public face of government campaigns against childhood obesity. In a press release issued by the federal Centers for Disease Control and Prevention after the JAMA study, the first lady professed herself “thrilled at the progress we’ve made over the last few years”. But this progress largely antedates Mrs Obama. Most of the period covered in the JAMA study came during the presidency of George W Bush. Mrs Obama’s exercise programme “Let’s Move” was founded only in 2010. While she has assiduously promoted new, health-conscious school menus ordered by Congress and regulators, the menus themselves have been a flop. Scraps of meat, grainy pasta… As a critical government report euphemistically put it in July, schools have “experienced various challenges related to student acceptance of some of the foods”.

Public health experts have been diagnosing an “obesity epidemic” since the 1980s. The JAMA report does not claim that it has abated, although there are promising signs in certain regions. Federal nutrition programmes for the poor now cover more fruits, yoghurts and other healthy foods. Breastfeeding, which is correlated with healthy children, has increased. Still, much about nutrition and fitness remains a mystery to us. Some research shows that drinkers of whole milk are less obese than drinkers of low-fat milk. There seems to be a genetic component in obesity, too. And our knowledge of how to design health incentives is rather primitive. A Danish “fat tax” meant to curtail overeating backfired when it was introduced in 2011, and was withdrawn.

American society poses special challenges. Fast food is (like much else in US culture) cheap, exciting and addictive. A time-honoured sales trick for an American retailer is to give buyers a really good deal on stuff they do not need. Many consumers imagine that the part of a business they interact with – the product – is the whole of it. They ignore rent, transport, personnel, inventorying, advertising, publicity etc. So the offer of twice as much food for 50 per cent more money strikes many buyers as a bargain, even if the larger portion adds only 10 per cent to the restaurateur or retailer’s costs. The incentive to “supersize” food portions and drinks cups is huge, and built-in.

But such incentives have always existed. A couple of new developments have made them more fattening. One is the near banning of a potent and popular appetite suppressant: nicotine. If you are a smoker who skips breakfast and only pecks at lunch and dinner, you are less likely to get fat, even if there is nothing in your refrigerator except beer, steak and ice cream. Another factor is that women are now mostly in the workplace, rather than monitoring their families’ food. Children make more of their own nutritional decisions, guided in part by companies that want to profit off them.

That may explain North America’s growing tolerance for obesity-related regulation. Now a group of Canadian doctors argues for a junk-food tax in the American Journal of Public Health on the grounds that “the costs of obesity arising from individuals’ poor nutritional choices are borne by society as a whole through taxes, lost productivity and an overburdened healthcare system”. Of course, you could say the same of almost any kind of poor choice, but Americans seem not to mind. In 2000 a New Mexico judge ordered that Anamarie Martinez-Regino be removed from her parents’ home on grounds of her weight. The order shocked and repelled Americans. But the political culture has changed. The former New York mayor Michael Bloomberg and other politicians have even managed to win re-election fighting trans fats and seeking bans on big fizzy drinks.

The goal is to make people look and feel better by giving them less autonomy. “You can never be too rich or too skinny,” the Hollywood saying goes. But you can be too fat, and also, apparently, too free.

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«FT» and «Financial Times» are trade marks of «The Financial Times Limited».
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