Una prueba global del poder estadounidense

Una prueba global del poder estadounidense

13/10/2015 | Gideon Rachman (Financial Times) – Financial Times Español

¿Cuánto tiempo puede un país mantener el dominio político y militar en el mundo que representa menos del 5 por ciento de la población mundial y el 22 por ciento de la economía mundial? La pregunta se plantea con una urgencia cada vez mayor en el Oriente Medio, Europa del Este y el Océano Pacífico.

Desde que terminó la guerra fría, el abrumador poder militar de EEUU ha sido central en la política mundial. Ahora, en tres regiones cruciales, ese poder se está poniendo a prueba, conforme sus rivales están poniendo a prueba su determinación y EEUU considera cuándo y si debe responder.

Consideremos tres notas que aparecieron en el Financial Times la semana pasada. Historia uno: «EEUU advierte a Moscú acerca de no aumentar la operación militar en Siria». Historia dos: «Buques de guerra estadounidenses impugnan las reclamaciones chinas en el Mar de China Meridional». La tercera historia era que Gran Bretaña había accedido a unirse a EEUU y Alemania en el despliegue de las tropas en los estados bálticos.

Estos eventos tienen lugar en diferentes partes del mundo — pero están conectados. El poderío militar norteamericano es el que garantiza las fronteras en todo el mundo. En el Medio Oriente, EEUU tiene enormes bases navales y aéreas, que están allí para tranquilizar a los aliados y para intimidar a los rivales. En el este de Asia, la marina de EEUU está acostumbrada a tratar el Pacífico como un «lago americano», garantizando la libertad de navegación y ofreciendo tranquilidad a sus aliados. En Europa, la OTAN garantiza la integridad territorial de sus Estados miembros — y EEUU representa el 75 por ciento del gasto militar de la OTAN.

Pero las cosas están cambiando. La intervención rusa en la guerra civil siria ha subrayado el grado en que EEUU ha perdido el control del Medio Oriente, a raíz de las protestas de la primavera árabe y la retirada de tropas estadounidenses de Irak. Con EEUU reacio a desplegar tropas de tierra en Oriente Medio de nuevo, Moscú encontró un vacío de poder y se ha buscado llenarlo.

En Europa, la incautación rusa de Crimea de Ucrania el año pasado representó la primera anexión forzosa de territorio en el continente desde el fin de la segunda guerra mundial. Como era de esperarse, los países bálticos, que alguna vez fueron parte de la Unión Soviética, están muy preocupados por el precedente — por ello la OTAN ha reforzado su presencia militar en la región.

En Asia, el programa de construcción de islas chinas en el Mar Meridional de China tomó forma en el pasado año, transformando el reclamo teórico de Beijing a aguas territoriales a miles de millas de su costa en algo que es (literalmente) más concreto. EEUU dice que no se pronunciará sobre las disputas territoriales de China con sus vecinos, pero que están decididos a proteger la libertad de navegación en el Pacífico. De ahí la decisión aparente de la marina de EEUU para desafiar la idea de que China ha establecido las aguas territoriales en torno a sus nuevas islas artificiales.

Las tres disputas son un recordatorio de que, a pesar de que retóricamente se habla de un «mundo sin fronteras», el control del territorio sigue siendo
fundamental para la política mundial.
Según Sir Robert Cooper, un ex diplomático británico: «El orden mundial depende del orden territorial. Si no sabe quién es el dueño del territorio, no se sabe nada sobre el orden internacional». Thomas Wright, de la Brookings Institution, hace un apunte similar cuando argumenta que la estabilidad política internacional depende de «órdenes regionales saludables, especialmente en Europa y el este de Asia. Si estas regiones se desmoronan, nada va a guardar el orden global».

Europa y el este de Asia no se están “desmoronando”, pero sus bordes se están debilitando. Mientras tanto, la visión de un Oriente Medio que realmente está cayéndose a pedazos es aún más inquietante, tanto en Europa como en Asia ya que plantea interrogantes sobre el poder estadounidense y la durabilidad de las fronteras internacionales. Incluso algunos estrategas norteamericanos que durante mucho tiempo han argumentado que EEUU debería «reequilibrar» su política exterior hacia Asia y entrometerse menos en Oriente Medio se están retractando, ya que la percepción de una retirada de EEUU en Oriente Medio está socavando el prestigio de EEUU en Asia.

La administración de Barack Obama está bajo presión, doméstica y extranjera, para restaurar la imagen de fortaleza estadounidense al responder con más vigor a estos desafíos territoriales. La decisión de enviar barcos a través de las aguas reclamadas por China, y de desplegar tropas a los países bálticos, es una respuesta a estas presiones. Pero el Sr. Obama sigue siendo muy consciente de la naturaleza contraproducente de las recientes intervenciones militares estadounidenses en Irak y Libia; y también es adecuadamente prudente sobre los riesgos de una confrontación militar con Rusia o China.

El panorama se complica aún más por una disputa sobre quién es el poder «revisionista» en la política mundial. EEUU percibe las reivindicaciones territoriales de Rusia y China como desafíos al orden mundial. Pero los rusos afirman que es EEUU quien está verdaderamente socavando el orden global respaldando «cambios de régimen» en países como Ucrania y Siria.

Hay un elemento de propaganda en las proclamaciones rusas. Pero tanto Beijing como Moscú parecen genuinamente temer que, a menos que hagan frente al poder de EEUU, en última instancia, podrían también ser víctimas de un cambio de régimen respaldado por Washington. Los estadounidenses, por su parte, temen que si permiten que el revisionismo territorial prolifere, el mundo será un lugar más anárquico y peligroso mientras que su poder global se erosiona.

La combinación de estos temores es una receta para el tipo de peligrosos conflictos regionales que están surgiendo en todo el mundo.

 

A global test of American power

10/13/2015 | Gideon Rachman (Financial Times) – Financial Times English

How long can a country that represents less than 5 per cent of the world’s population and 22 per cent of the global economy, remain the world’s dominant military and political power? That question is being asked with increasing urgency in the Middle East, eastern Europe and the Pacific Ocean.

Since the cold war ended, the overwhelming power of the US military has been the central fact of global politics. Now, in three crucial regions, that power is being tested — as America’s
rivals test its resolve and the US considers when and whether to push back.

Consider three stories that appeared in the Financial Times last week. Story one: “US warns Moscow not to escalate military operation in Syria”. Story two: “US warships to challenge Chinese claims in South China Sea ”. Story three was that Britain had agreed to join the US and Germany in posting troops to the Baltic states.

These events are taking place in different parts of the world — but they are connected. It is US military might that guarantees borders all over the world. In the Middle East the US has giant naval and airbases, which are there to reassure friends and to intimidate rivals. In east Asia, the US navy has grown used to treating the Pacific as an “American lake”, guaranteeing freedom of navigation and providing reassurance to its allies. In Europe, Nato guarantees the territorial integrity of its member states — and the US accounts for 75 per cent of Nato’s military spending.

But things are changing. Russian intervention in the Syrian civil war has underlined the extent to which the US has lost control of the Middle East, following the upheavals of the Arab spring and America’s withdrawal of troops from Iraq. With the US reluctant to put boots on the ground in the Middle East again, Moscow noted a power vacuum and has moved to fill it.

In Europe, Russia’s seizure of Crimea from Ukraine last year represented the first forcible annexation of territory on the continent since the end of the second world war. Unsurprisingly, the Baltic states, which were once part of the Soviet Union, are very worried by the precedent — hence Nato’s decision to reinforce its military presence there.

In Asia, China’s island-building programme in the South China Sea has taken shape in the past year, transforming Beijing’s theoretical claim to territorial waters thousands of miles from its coast into something that is (literally) more concrete. America says it takes no position on China’s territorial disputes with its neighbours but that it is determined to protect freedom of navigation in the Pacific. Hence the US Navy’s apparent decision to challenge the idea that China has established territorial waters around its new artificial islands.

All three disputes are a reminder that, despite voguish talk of a “borderless world”, the control of territory is still fundamental to world politics. As Sir Robert Cooper, a former British diplomat puts it: “World orders are territorial orders. If you don’t know who owns territory, you don’t know anything about international order.” Thomas Wright of the Brookings Institution makes a similar point when he argues that international political stability is dependent on “healthy regional orders, especially in Europe and east Asia. If these regions fall apart, nothing will save the global order.”

Europe and east Asia are not “falling apart” but they are fraying at the edges. Meanwhile, the vision of a Middle East that really is falling apart is further unsettling both Europe and Asia by r
aising questions about US power and the durability of international borders.
Even some American strategists who have long argued the US should “rebalance” its foreign policy towards Asia and do less in the Middle East are now having second thoughts, believing that a perception of US retreat in the Middle East is undermining US prestige in Asia.

The administration of Barack Obama is under pressure, at home and abroad, to restore the image of American strength by responding more forcefully to these territorial challenges. Decisions to send ships through waters claimed by China, and to deploy troops to the Baltics, are a response to that pressure. But Mr Obama remains well aware of the counterproductive nature of recent US military interventions in Iraq and Libya — and is also properly cautious about the risks of military confrontation with Russia or China.

The picture is further complicated by a dispute over who is the “revisionist” power in world politics. The US sees Russian and Chinese territorial claims as challenges to the world order. But the Russians claim that it is America that is truly undermining global order by sponsoring “regime change” in countries such as Ukraine and Syria.

There is an element of propaganda in Russia’s claims. But both Beijing and Moscow also seem genuinely to fear that, unless they push back against US power, they too might ultimately fall victim to American-backed regime change. The Americans, for their part, worry that if they allow territorial revisionism to proliferate, the world will become a more anarchic and dangerous place as their global power erodes.

Mix these fears together and you have a recipe for the kind of dangerous regional disputes that are breaking out all over the world.

Copyright &copy «The Financial Times Limited«.
«FT» and «Financial Times» are trade marks of «The Financial Times Limited».
Translation for Finanzas para Mortales with the authorization of «Financial Times».
  Copyright &copy «The Financial Times Limited«.
«FT» and «Financial Times» are trade marks of «The Financial Times Limited».

Disfruta de más contenido 

Actualiza tu navegador

Esta versión de tu navegador no permite visualizar correctamente la página. Para que tengas una buena experiencia y mejor seguridad, por favor descarga cualquiera de los siguientes navegadores: Chrome, Edge, Mozilla Firefox