Vida y trabajo en el siglo XXI. Preguntas más frecuentes

16/09/2014 | Cristina Carrillo – La economía transparente

Ni contigo ni sin ti
tienen mis penas remedio.
Contigo porque me matas,
y sin ti porque me muero.

Cuando Antonio Machado escribió esta paradoja, seguramente no se paró a pensar en la cantidad de situaciones y objetos de amor imposible a los que podría aplicarse. En esta ocasión, dedicamos la copla a uno de los elementos más complejos, problemáticos y debatidos de nuestros días: el trabajo.

Los desafíos laborales del siglo XXI pueden tratarse desde tantos puntos de vista (la mayoría contradictorios) que no he sido capaz de darle una estructura coherente al artículo. Así que, para disimular, he optado por hacerme la original y utilizar un formato muy familiar para todos los que “vivimos” en Internet: Preguntas más frecuentes.

Aquí van todas mis dudas y auto-contestaciones sobre tan apasionante cuestión. El verdadero objetivo no es ofrecer respuestas, sino plantear algunas reflexiones sobre esa parcela de nuestra vida a la que tanto tiempo y esfuerzo dedicamos.

¿Estudias o trabajas?
El trabajo, ¿es un derecho o una obligación?
¿Existe el trabajo ideal?
¿Qué nos aporta el trabajo?
¿Es posible vivir sin trabajar?
La jubilación, ¿descanso o desprecio?

¿Estudias o trabajas?
Probablemente no exista una frase más tonta para iniciar una conversación, y dudo mucho de que alguien la utilice en la vida real. Lo interesante de la fórmula es que transmite la idea de que no cabe ninguna otra alternativa aceptable. O estudias o trabajas. Después de todo, se espera de nosotros que seamos seres productivos, por lo que nuestra edad adulta debemos dedicarla a producir… o a prepararnos para hacerlo. Y cuanto más, mejor.

El periodo de nuestra vida en el que no tenemos más responsabilidad que disfrutar, comer y dormir es, por desgracia, muy corto. Con apenas tres añitos, y sin que nadie nos prepare para procesar tan estresante cambio, pasamos del tibio entorno familiar al despiadado mundo de… la escuela. A partir de ahí, lo que nos define frente a los demás es nuestra ocupación y sus resultados: las calificaciones que obtenemos, las hazañas deportivas (o la falta de ellas) y los logros en cualquier otra actividad que emprendamos.

El trabajo, ¿es un derecho o una obligación?
Pues depende de lo que entendamos por trabajo. Si pensamos en esos empleos insatisfactorios y rutinarios en los que uno siente que es menos valioso para los jefes que las máquinas con las que trabaja, no parece muy lógico considerarlo un derecho. Tampoco se trata estrictamente de una obligación, ya que todos tenemos la posibilidad de buscar otras formas de obtener los recursos que necesitamos para vivir.

Podríamos decir que el trabajo es una necesidad derivada de la estructura social en la que hemos nacido: si queremos mantenernos dentro de ese esquema (y son muy raras las personas que se plantean no hacerlo) no parece haber otra opción que estudiar, trabajar o ambas cosas al tiempo. Lo cual nos deja con muy poco espacio para… vivir. Al menos, de una manera que sea significativa para nosotros.

Nuestra relación con el trabajo es tan esquizofrénica que nos quejamos cuando lo tenemos y también cuando nos falta. Cuando lo tenemos, nos plantea problemas como la frustración, la rutina, el estrés, que no nos valoren lo suficiente (en lo profesional y en lo económico), etc. Sin embargo, la mayoría estamos de acuerdo en que es mucho peor no tenerlo, y no sólo por la interrupción de nuestra fuente de ingresos.

Probablemente todos recordamos The Full Monty, una entrañable película de 1997 en la que un grupo de desempleados ingleses organiza un espectáculo de striptease, con el fin de llenar sus muchas horas libres y, de paso, ganar algún dinero. La camaradería entre los improvisados strippers provenía de compartir la misma sensación de destierro, de sentirse al margen de un mundo que seguía adelante mientras ellos parecían quedar varados.

El personaje más infeliz de todos, sin embargo, era el ejecutivo que salía todas las mañanas de su casa trajeado como si se dirigiera a la oficina, decidido a evitar que su mujer se enterara de lo que él percibía como un humillante fracaso personal. En la oficina de empleo se mantenía apartado del resto del grupo, como si hacer vida social con sus compañeros lo situara automáticamente dentro del grupo de los “excluidos”.

En ocasiones, lo más devastador de perder el empleo no son los problemas financieros, sino el modo en que se tambalea nuestra identidad social: en gran medida, nos percibimos a nosotros mismos según (creemos que) nos ven los demás. Acostumbrados a permitir que la actividad que realizamos defina nuestro valor personal, ¿qué queda de nosotros cuando dejamos de desempeñar esa ocupación que nos “etiqueta” y nos acredita como miembros (presuntamente) útiles de la sociedad?

¿Existe el trabajo ideal?
¡Por supuesto que sí! Sólo hay un problema: que el concepto de “ideal” varía mucho de unas personas a otras. Los valores, miedos y características personales, unidos a las convenciones sociales imperantes en cada tiempo y lugar, generan definiciones de idealidad de lo más variopinto. Veamos algunas:

Es “ideal” trabajar para el Gobierno: seguro y para toda la vida. Da igual que esté mal pagado o que consista en pegar sellos ocho horas al día.

Es “ideal” trabajar para una gran empresa que todo el mundo conozca: el brillo de la empresa se te pega automáticamente y da lustre a tu curriculum. No importa que tus tareas sean aburridísimas o que tus cualidades pasen completamente desapercibidas en tan opulenta estructura.

Es “ideal” trabajar en algo que te permita colgar tus diplomas en la pared. Es irrelevante si lo elegiste sólo por tradición familiar o porque se supone que siempre habrá demanda de tal profesión.

Podríamos llenar varias páginas con variantes de las que, de manera harto cuestionable, están socialmente catalogadas como ocupaciones ideales. En realidad, sí existen trabajos perfectos para cada uno de nosotros: son los que hacen que cada mañana nos levantemos contentos y cantarines cual enanito de Blancanieves, sintiendo que lo que hacemos no sólo nos satisface sino que tiene un propósito. (En este preciso momento no tengo el gusto de conocer a nadie que se encuentre en tan feliz situación, pero he oído comentar que existen algunos casos).

¿Qué nos aporta el trabajo?
Además de la identidad social que deriva de nuestras actividades públicas, tener una ocupación nos aporta una “identidad familiar” como proveedores de sustento: el trabajo nos proporciona los recursos necesarios para atender a las necesidades materiales de nuestra familia.

Sin embargo, esto no es suficiente: debe ofrecernos el estímulo y el espacio necesarios para que podamos responder también a las exigencias afectivas y emocionales de quienes nos rodean. Un trabajo muy bien remunerado pero que consume todo nuestro tiempo y nos genera ansiedad o frustración puede que cumpla la primera de esas funciones, pero no la segunda.

Comentábamos que uno de los atributos generalmente asociados a un buen trabajo es la “seguridad”. No es casualidad que la valoración de esta característica (cada vez más infrecuente, por otra parte), aumente a medida que nos hacemos mayores. A la hostilidad de un entorno laboral sumamente competitivo se une la acumulación de ataduras y responsabilidades familiares (niños, hipotecas, planes de jubilación…).

En este contexto, la posibilidad de elegir el mejor trabajo para nosotros, el que puede hacernos más felices y dar verdadero sentido a nuestros días, se convierte casi en una quimera. Después de todo, ¡hay responsabilidades y cuentas que pagar todos los meses! La gran pregunta es: ¿cuántas de esas necesidades son nuestras y verdaderas, y cuáles nos vienen sugeridas o impuestas desde fuera?

¿Es posible vivir sin trabajar?
En la Inglaterra tradicional (y en general en la vieja Europa), no tener que trabajar era señal de nobleza. Los aristócratas despreciaban olímpicamente a todos los que, por necesidad o interés, desempeñaran alguna actividad remunerada. El valor de un caballero venía determinado por la importancia de las rentas anuales que generaban sus inversiones, en especial la explotación de sus tierras.

Aquellos lectores que hayan leído “Orgullo y Prejuicio”, de Jane Austen, recordarán la conmoción que se adueñó de la localidad ante la llegada de dos caballeros, uno de los cuales tenía “¡cinco mil libras anuales de renta!”. Lo cual, como es lógico, le convertía en un apetecible partido para las señoritas casaderas. La preeminencia social de los nobles dependía de la magnitud de sus rentas, es decir, de lo que hoy se denomina en algunos ámbitos de la economía personal “ingresos pasivos”.

En realidad, los nobles ingleses sí trabajaban, y mucho (al menos, los que no querían verse arruinados): su tarea era vigilar sus inversiones para asegurarse de que se mantenían productivas. Eso implicaba, para los caballeros más inteligentes y sensatos, cuidar de los arrendatarios, mejorar los cultivos, etc. La sutil diferencia es que no “obtenían el dinero de otros” sino que “cuidaban de lo suyo”. Los burgueses y la clase trabajadora obtenían el dinero cobrando por los bienes y servicios que ofrecían a los demás, lo cual se consideraba… una completa vulgaridad.

¡Cómo cambian los tiempos! Resulta que esa vulgaridad es el equivalente a lo que hoy entendemos por “trabajo”: prestar nuestras habilidades a otros a cambio de una remuneración más o menos fija. Si no trabajamos, no obtenemos ingresos. Los nobles, por el contrario, trabajaban para sí mismos, estructurando sus inversiones hasta el punto en que su intervención se limitaba a establecer las grandes líneas de acción y supervisar el trabajo que otros realizaban para ellos. Es lo que promueven algunos de los gurús de la “libertad financiera”, solo que conseguirlo no es ni mucho menos tan fácil como ellos lo presentan.

La jubilación, ¿descanso o desprecio?
Entre las muchas soluciones absurdas que las mentes preclaras del mundo occidental están poniendo en marcha para tratar de enfrentar la crisis, hay una que se lleva la palma: retrasar la edad de jubilación. El objetivo inmediato es disminuir el peso de las pensiones en los exhaustos presupuestos nacionales, claro. Las emociones individuales que genera semejante perspectiva dependen, como es lógico, del trabajo que tenga cada uno.

Para los que se sienten atados a un trabajo aburrido e insatisfactorio, es como si a alguien que está a punto de salir de prisión, después de una larguísima condena, le dijeran que han cambiado las leyes y que tiene que estarse un par de añitos más en el trullo. Uuuuuf. ¿Es que no nos merecemos un descanso?

Por el lado opuesto, aquellos que desarrollan una ocupación productiva y gratificante pueden percibir la jubilación como una expulsión forzosa del mundo “activo”, con la consiguiente y dolorosa pérdida de la identidad social que comentábamos al principio.

Veamos un enfoque alternativo: la jubilación es un momento perfecto para el cambio de actividad. Lo ideal sería que nos “jubiláramos” varias veces a lo largo de nuestra existencia, adaptando nuestros trabajos y ocupaciones a los diferentes ciclos vitales. El objetivo de conseguir un empleo “para toda la vida” es inhumano porque nosotros no somos los mismos durante toda la vida. Los sueños, habilidades y esperanzas son diferentes a los 20, a los 40, a los 60 y a los 80.

No se me ocurre mejor ejemplo para cerrar esta idea y este artículo que la historia de Pedro Rodríguez-Ponga, que compartió conmigo nuestra colaboradora Victoria González Quintana. Fallecido en Madrid a finales de 2012, con 99 años, fue un pionero que fundó y presidió la Federación Internacional de bolsas de valores. Alrededor de los 70, después de haber ocupado innumerables cargos de prestigio, se retiró de sus actividades públicas en los mercados, se puso a estudiar psicología y pasó consulta hasta su muerte. ¿Quién puede poner etiquetas a una vida así?

Fuente: Newsletter “La economía transparente”. Artículo escrito por Cristina Carillo, dando su autorización para publicarlo en FxM.

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